viernes, 28 de noviembre de 2025

LUIS IGNACIO “Nacho” ARAUJO… cuando la radio era una juguetería.


Nos conocimos por los   pasillos de la Libertad al 200[1] en la década del setenta, cuando yo apenas desplegaba mi afición por la radiofonía. No había cumplido veinte años —me delataba el uniforme del Colegio San José— y ya pisaba con cierta reverencia, aquellos corredores donde nacía la magia.

 Por entonces, el aire de Santiago del Estero vibraba con el eco de guitarras criollas y el rumor de chacareras que se filtraban desde los patios internos, mientras la ciudad se desperezaba entre aroma de café y polvo de calles empedradas.

Cada paso era un latido de esperanza: un joven soñador cruzándose con leyendas vivas y con otros que, como yo, aguardábamos una oportunidad, como el niño en una juguetería.

 Cada paso por esos corredores era un latido de esperanza, un joven soñador    cruzándose con leyendas vivas y otros esperando una oportunidad.  En ese tiempo Luis Ignacio Araujo, “Nacho”[2], ya era una figura prominente del espectáculo y el entorno radiofónico, se lo distinguía por su voz simple y envolvente que parecía tejida con hilos de raigambre santiagueña.

 Fuimos, como se decía entonces, compañeros del micrófono. Compartimos auriculares y sueños en cabinas apretadas donde el humo de los cigarrillos se mezclaba con el zumbido de los transmisores y cada audición era un abrazo invisible a quienes nos escuchaba

Con el tiempo, la amistad creció más allá de los estudios. A pesar de la diferencia de edades, formamos parte de un grupo que tenía como templo la esquina de Independencia y Avellaneda, apenas caía la noche, de los viernes o sábados.

 Allí se paraban, al pasar, Agustín Chazarreta, Marcelo Santillán, Leandro “Meneco” Taboada, Hugo el Negro Ocaranza, Pedro Carol Pose y tantos otros convocados por la música y la cultura santiagueña.

Mientras tanto Nacho ya era una figura consagrada en los medios de prensa, acreditado con el título de Locutor Nacional[3] lo que lo habilitaba en el ejerció profesional de esa actividad.

 La historia de la radio en Santiago del Estero es un capítulo de pasión y pionerismo.


Todo comenzó en 1935 con la sigla LV11, la primera emisora provincial, instalada en los altos de un edificio céntrico que tenia de base al decano del norte argentino[4].

Con equipos semi profesionales, transmitía la voz de los locutores locales y las melodías populares en el interior; reinaban tras las llamadas de los oyentes, que nos hacían sentir vivos y cercanos, aunque estuviéramos a cientos de kilómetros.

 Más tarde, la vieja LV11 cambió su sigla por LW5, pero seguimos ligados al micrófono: El, en los horarios centrales del mediodía, llevando calidez a amas de casa y trabajadores; yo por la tarde y, luego, en el trasnoche, de 23 a 1 de la mañana, de lunes a viernes, cuando la noche se volvía confidente y las confesiones fluían como ríos de intimidad.

 Aquella radio era la única ventana al mundo para miles de santiagueños: unía ranchos lejanos con la capital, combatía el aislamiento y acompañaba desde el amanecer hasta la medianoche.

Recuerdo algunos de mis programas: Argentina Arte y Cultura, donde desgranábamos poemas de Borges o tangos de Gardel; Improvisado, reino de la espontaneidad y las llamadas; Emisión 70, guiño a la década que nos marcaba; y Música Breve, selecciones cortas que, en la madrugada, invitaban a la reflexión bajo la luna santiagueña y acompañaban soledades con notas que sanaban el alma.

 Este amigo fue el pionero de la “música ambiental[5] en la provincia: transformaba un simple café en escenario de ensueño y envolvía a la gente en emociones que hacían olvidar las penurias cotidianas.

También fundó una de las agencias de viajes más importantes del medio: Gran Turismo, abriendo puertas al mundo desde nuestra tierra quimérica

 Promediando los ochenta nos reencontramos, esta vez impulsados por la fe católica. Nos sumergimos juntos en la Renovación Carismática Católica, ese torrente espiritual que irrumpió en Argentina tras el Concilio Vaticano II.  que llegó a Santiago liderada por el padre José, un sacerdote de fuego interior que recorría el norte con su cruz al hombro, llenando templos de cantos en lenguas, oraciones espontáneas y sanaciones que arrancaban lágrimas.

 Eran reuniones donde el Espíritu descendía como viento impetuoso: grupos de oración en parroquias humildes, retiros en el campo, testimonios que rompían cadenas de dolor.

Nacho y yo orábamos en círculos donde las manos entrelazadas borraban diferencias de edad o condición; cada encuentro era un milagro de unidad y un bálsamo para el alma.

 Hace más de treinta años, saliendo de la Iglesia San Francisco, con el sol poniente tiñendo de oro las cúpulas y el aroma a incienso aún en el aire, me llamó con voz temblorosa de emoción para que escuchara una propuesta que quería concretar, un sueño que le ardía en el pecho.

 Me habló de lanzar una radio que promueva la palabra del Creador, a la que llamaría El Tiempo de Dios[6], la misma que arrancó pasado los años ochenta transmitiendo desde su domicilio[7], convertido en una sencilla emisora casera, donde los micrófonos se evangelizaban en púlpitos y cada onda era una plegaria al cielo.

 


En esas transmisiones, la voz de Nacho no era solo sonido: era consuelo, era esperanza, era el latido de un amigo que nunca fallaba y que siempre tenía cosas por hacer o por decir.

 Hasta allí concurría como invitado permanente, cuando por ese tiempo produje Devociones Populares Santiagueñas[8] un CD que revivía las tradiciones devotas de nuestra gente –desde las procesiones al Señor de Mailin con velas y promesas cumplidas, hasta las imágenes conservadas en los ranchos del interior donde la fe se mezclaba con el mate y las coplas–, tejiendo fe y folclore en una sola trama eterna, que nos hacía sentir vivos, conectados con generaciones de devotos que habían llorado y cantado ante el mismo Dios.

 Recién me llega la triste noticia de su partida hacia la casa del Padre, después de casi nueve décadas de realizaciones y de una fe entrañable.

Desde estas líneas lo despido y lo honro: fue uno de los primeros, gestores del arte radiofónico santiagueño y, por ende, maestro de muchos.

Que Dios lo reciba en su gloria, junto a los suyos, y que su voz siga resonando eternamente en el corazón de esta provincia que tanto amó. Descansa en paz, querido Nacho



[1] desde donde transmitía la vieja radio LV11… arriba del diario El Liberal

[2] ( 31 de marzo de 1939- 1 noviembre 2025.)

[3] Expedido por el Ministerio de Comunicaciones, Dirección General de Radiodifusión, Carnet Profesional No. 1667, otorgado en Buenos Aires el 6 de agosto de 1963.

[4] El diario El Liberal.

[5] Primer emprendimiento musical en donde los comercios locales difundían música gravada

[6] Hoy donada a las Hermanas Franciscanas desde donde continua en el aire.

[7] En calle libertad 764, siempre acompañado por su mujer Norma “bocha” LLugdar

[8] Primer CD con música folclórica evocando las fiestas religiosas populares de Santiago del Este

No hay comentarios.: