domingo, 22 de octubre de 2023

HOMERO MANZI: NOSTALGIA DE LAS COSAS QUE HAN PASADO



                                   Esta vieja tierra que nos vio nacer a los argentinos, no se cansa aun de producir asombro, acunando a preclaros e inteligentes hacedores de una cultura que siempre está buscando una proyección, que vaya a saber porque misteriosas razones aun no han logrado el anhelado despegue hacia el plano universal.

Nosotros somos conscientes de que en nuestro acervo vernáculo, existe un patrimonio prodigo de vivencias culturales, que está necesitando la atención suficiente para su definitiva realización.

Siempre dijimos, que el perdurar en el tiempo por intermedio de una obra, es un raro privilegio del que muy pocos son merecedores y ello se debe al hecho circunstancial que surge del talento creador, que con singular habilidad se va posesionando de la historia, la misma que en su devenir constante, diagrama fragmentos de un tiempo transcurrido, pero que muchas veces parece detenido para siempre.

La vida de Homero Manzi, encaja en el argumento, porque desde su casualidad de santiagueño - en rara mezcla de provinciano-porteño - ha logrado como pocos, ganarle a la batalla del olvido, cobrando para sí una vigencia permanente que se sustenta día a día, cuando la música ciudadana irrumpe de golpe en cualquier escenario de nuestra vida cotidiana.

Se ha quedado adherido al paisaje que lo vio nacer, evocado siempre por su pueblo con devoción y nostalgia, al mismo tiempo que pasó a pertenecer en calidad de definitivo a la estampa de un Buenos Aires que todavía llora las reminiscencias del “ultimo organito”, que hace ya bastante tiempo ha silenciado su música de antaño.

Ya hemos comprendido que no es cierto que sólo perduran aquellas voces que solo le cantan a las cosas cotidianas, porque no todos los poetas de entre casa han alcanzado notoriedad respetable y menos aun en lo que ha tango se refiere, ámbito limitado a muy pocos poetas.


Homero Manzi impuso u estilo original en la canción ciudadana, inyectándole al tango una jerarquía hegemónica colmada de una poesía cálida y sensitiva, ajena a la dureza altisonante y al llanto sensiblero y desahuciado de su tiempo antecesor.

Las letra de un tango son en su origen la expresión de una clase social marginada. Los textos primigenios, de carácter pornográfico, tienen hacia el fines de siglo transmisión oral de pronto silenciamiento y algunos permanecen como aislados testimonios”. (1)
La poesía nunca fue un amontonar de versos en una estructura de contornos rígidos y forzados, no es otra cosa que la espontaneidad puesta de manifiesto en la actitud de las cosas simples. Ella tiene la extraña virtud de saberse deslizar en la armonía de un paisaje, como en la llanura de una flor y adopta un nombre para cada cosa, pero no cualquier nombre, porqué lo exige exacto y es esa la cualidad misteriosa de su ausencia:


“Tu piel magnolia que mojo la luna,
Tu voz murmullo que entibió el amor...”

Esa delicada armonía emana de la poesía de Manzi, identificada con una aureola propia de un talento especial, logrado quizá en base al contacto directo que tuvo con los elementos que distinguieron sus versos, de donde emana la cadencia de una época memoriosa, que a no dudarlo, alguna vez identificó al ser argentino.

Vivió en la búsqueda de un tiempo diferente, ajeno a la existencia de la gente común y penetró en la música del pueblo con un idioma nuevo, casi mágico, parecido quizá al estandarte metafórico de un “olimpo” particularmente dotado de elementos simples, como la cadencia de su verso, en donde se han adherido, la belleza y el talento para conformar una geografía estrictamente singular:

“Fui como una lluvia de
Cenizas y fatigas,
En las horas resignadas
De tu vida...”

"Los que lo conocieron nos hablan de una curiosa sencillez, como la de su tierra natal, siempre aferrada a una singular bohemia ferviente y trasnochadora, para quizá, no disentir con el paisaje de aquel Buenos Aires que un día lo recibiera con cara de asombro a este nuestro “imaginero incesante” como lo llama Ulises Petit de Murat: “Generaba las constantes de sus cambios temperamentales, de encendimiento de sus pasiones en muchas zonas al mismo tiempo.

Decimos zonas con el sentido profundo que le daba Apollinaire. Una tierra de nadie para recibir todos los esfuerzos, todos los delirios de la creación. Para esto Manzi disponía de una imaginación fabulosa, una memoria prolija y la dosis de voluntad y convicción que manifiestan los adeptos a los juegos de azar a los que el pertenecía en cuerpo y alma...” (2)

“Soy desconfiao en amores
y soy confiao en el juego
donde me invitan me quedo
Y donde sobro también...”

Inquieto emprendedor y talentoso, no le fue ajeno ni el cine, ni el teatro en donde incursionó con éxito dejándonos varios títulos, algunos de ellos con relativa vigencia en estos días: “Huella”(1940) con Hugo Masías (alias) Hugo Mac Dougall; “ Fortín alto” (1941) con Ulises Petit de Murat; “El Viejo Hucha” y “La Guerra Gaucha” (1942); “Todo un Hombre” (1943) ; “Su mejor alumno” (1944); “Pampa Bárbara” y “La novia de arena” (1945); “Donde mueren las palabras” y “Rosas de América”(1946) “Pobre mi madre querida”(1948); “El ultimo Payador” y “Escuela de Campeones”; casi todas ellas realizadas con su entrañable amigo el muy recordado Ulises Petit de Murat.

Un destino de “pueblo” le había sido reservado, para signar sus días y sus obras, lo testimonian sus canciones espontáneas y simples como brotantes de un manantial de pureza y generosidad sin par, su militancia estudiantil contra el régimen instaurado allá en el 30 , que signara para siempre la irrupción de sucesivas alteraciones a la legalidad constitucional Argentina, la militancia “Irigoyenista” sustentada en el fervor juvenil de esos años tristes para la memoria de la vida nacional, el aporte significativo a “FORJA” juntamente con otros valiosos y preclaros hombres que no quisieron una patria dependiente y servil y al final su adhesión a un nuevo movimiento de incuestionables raigambre popular, surgido a fines de la década del 40, con cuyo máximo exponente el entonces coronel Perón trabaría una amistad, procurada merced al acercamiento procurado por otro ilustre santiagueño, el doctor Ramón Carrillo.

“¡Viejos amigos que
hoy ni recuerdo...
que se habrán hecho,
donde andarán...!”

No creo necesario reseñar que lo he conocido, como que me atrevo a confesar que desde la profundización de su poesía -y a pura imaginación lo digo- tal vez lo ví apoyado en esas tapias viejas y perdidas que sobrevivieron al Buenos Aires de Carriego, cuando las primeras luces de una luna nueva, de esas tantas mañanas que lo encontraron caminando solo, decretan salpicar de luz y de color las calles y los huecos edificados de esa ciudad indiferente y en ocasiones callada y pensativa.

O es que lo he visto en Santiago, prendido de las entrañas de un “fuelle” de verano, desgranándole notas al silencio o hablando de Marías, glicinas y zaguanes, de trenes y palomas vestidas de percal. No se porqué, quizá por la infinita comprensión de su poesía es que me parece casi mágico y es cierto que siento que lo veo, porque ya forma parte del paisaje.

Nunca se desentendió de su tierra natal, sus profundos ensayos sobre la sequía añatuyense o el drama del chaco algodonero, constituían unas de sus profundas preocupaciones y no lo ocultaba porque daba testimonio de ello, desde la mesa del cotidiano café o desde cualquier tribuna política acompañando sus afirmaciones que no eran otra cosa que denuncias testimoniales, con una encendida oratoria y una emoción propia de los apasionados por su tierra y su ideal.

Los poetas, muchas veces se escapan de la realidad y plasman sus reacciones sobre el marco de cualquier estructura que le sirva de contorno exacto para firmar su inspiración.
El uso constante en las profusas producciones, valga para aclarar aquella frase que dice justificándolo todo: “un poeta puede decir lo mismo que un pensamiento saltó como una pantera, o que una pantera saltó como un pensamiento” y es así como surge la duda cuando del análisis de uno de sus poemas: “barrio de tango” con música de Aníbal Troilo, se nos representa una pincelada de aquella Añatuya que la vio nacer.

Aunque todo indica que esta dedicado a “Pompeya” la que se “durmió al costado del terraplén” todo lo demás coincide exactamente con la visión del pueblo santiagueño que se conserva intacto, incluido el “misterio de adiós que siembra el tren”, el mismo tren que lo signó de niño, al frente de su casa, al que menciona incansable a lo largo de su obra.

El ha visto desde niño “un farol balanceándose en la barrera” como una cosa cotidiana de cada uno de sus amaneceres, “el ladrido de los perros a la luna”, que son los mismo de siempre y tampoco han cambiado para alegría de los barrios suburbanos que los conservaban aun, como si se tratase de una continua tradición.

No está ausente la nostalgia evocativa de los “viejos amigos que hoy ni recuerdo”, ni tampoco las calles lejanas de pura tierra y sin empedrado, por ellas pregunta “como y dónde estarán”.
Tal vez esa “Juana rubia y amada” (¿?) por la que sufría pensando en ella y que solo era vista por el recuerdo, haya formado parte del paisaje lugareño de esas evocaciones tan cargadas de nostalgia y de cariño. Y los muchachos que todavía se reúnen - no en cualquier esquina- si no en la más cercana al bar., para hacer escuchar sus silbos melodiosos a la hora en que todos duermen y que al final terminan con el “codillo llenando el almacén”.

El paso del tren siempre fue una fiesta en los pueblos santiagueños, hoy cuando no una anécdota, una curiosidad para los chicos si reseña a la vecina pálida “que ya nunca salió a mirar el tren” como que tampoco están “las chatas entrando al corralón” en los contornos de ese pueblo semi viviente.
Seguramente va a ser difícil aceptar al “Barrio de Tango” como una reminiscencia del poeta por la tierra que lo vio nacer, con o sin las licencias poéticas mencionadas y que todo lo hacen posible. Pero a fuerza de rescate, sólo una acabada prueba de que no es así, ha de significar un cambio de opinión.

O como entenderemos los versos de “Sur”, otro nostálgico poema que lleva música de Troilo que parece no encajar dentro de los contornos de la realidad...? “Ligó a los barrios de Boedo y Pompeya, contiguos, es cierto pero cada uno con características edilicias propias, sobre todo en la época presumible de la evocación. Para comprender semejante enlace de los distritos porteños a los que separa, según limites municipales, la avenida Caseros convertida, así en una suerte de frontera o tierra de nadie, ha de acudirse necesariamente a la niñez de Manzi, puesto que en los primeros años de su vida se encuentra la clave para entrar en el conocimiento del pequeño, aunque muy tímido y personal, secreto implícito en la unidad territorial - para llegar a la sentimental que era su objeto- con que anexó Boedo y Pompeya o viceversa.
Hay que retrotraerse, por lo tanto a 1915 o 1916 y anotar algunos antecedentes indispensables para entender su licencia de conferirle continuidad a dos zonas diferenciadas del mapa del urbanístico...” (3)

Y que podemos decir de Malena, otra de las piezas antológicas de Homero, que con la música de Lucas Demare, estrenada en 1941, con la voz de Juan Carlos Miranda y luego grababa por Troilo con la vos de Fiorentino adquirió un suceso inusitado en el carnaval del 42. Esa letra cargada de emoción y de reconocimiento plausible estaba destinada a la cantante argentina María Elena Tortorello de Salinas (1906-1961)... Todos lo autores que evocaron a Manzi la dieron como legitima destinataria, pero también se dice que nuestro autor, en su paso por Brasil en 1941, observó el nombre de Malena inserto en las marquesinas pero no tuvo trato alguno con la interprete y tampoco la escucho cantar.

“ Malena le solicitaba continuamente a Demare certificación de que ella era la destinataria del tango, probablemente para alabar su trabajo. Pero en verdad los hermosos versos de Manzi, no se correspondían con la realidad auditiva: Malena no cantaba el tango como ninguna. Lo hacia mediocremente y así quedó patentizado en los tangos que grabó, entre ellos: Rencor, Te quiero y Volvé...” (4)

Así las cosas, no creo pecar de aventurado cuando sugiero a la estampa de Añatuya dentro de la composición de “Barrio de tango” en donde la mención inicial de “Pompeya” estaría inserta por una cuestión de ritmo o de cadencia en el verso o bien porque su nombre representa mejor la tradición arrabalera.

Sea como fuere y porque nuestro pueblo tiene también las mismas imágenes pintadas por el poeta, hoy quiero – aunque sea en la imaginación- rescatar el tango para los santiagueños.
“Nostalgia de las cosas
que han pasado
arena que la vida
se llevo...
Todo ha muerto
eso ya lo se...”

Bibliografía: 1: Ulla Noemí, Las letras de tango: Revista Crisis, Bs. As, 1973.-

: Ulises Petit de Murat, El imaginario Incesante, diario El Clarín, Bs.As., 6/5/1976.-

: Boedo y Pompeya un solo barrio. La Nación Revista, 30/06/1974.

: Héctor Hernie: Cantaba como ninguna, diario El Clarín, 26/11/1986.-


Publicado en el diario El Liberal, 1 de febrero de 1987.-

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